Al día siguiente tenía una resaca inexplicable, ya que cuando llegué al hotel iba cocido, pero no era para tanto. Mi cuerpo se está haciendo viejo…
Un chico del hotel iba también a la feria de música, así que fui con él en taxi; no estaba muy lejos, pero el chaval iba cargado. Le moló mi chaqueta con el escudo del St. Pauli: todo lo que suene a antifascismo es bienvenido en Alemania.
En la feria hice un almuerzo en vano, ya que comimos 3/4 h después. El recinto tenía varios pabellones (deja en bragas a la Fira de València): altavoces, micrófonos, instrumentos musicales, chumba-chumba… Lo más curioso que vi fueron unas telas de Yamaha que suenan como altavoces, pero en paralelo: si te pones a un lado, no lo oyes. Un colega de Pakito y su padre, que controla sobre acústica y electrónica lo que no está escrito, nos contó cómo imaginaba que era el principio de funcionamiento, y la cosa tenía tela (valga la redundancia). Otra curiosidad eran unos paneles con altavoces empotrados, como si la propia pared hiciera el sonido, pero no lo distorsionaba. Era lo mismo que pegar la oreja a la pared del vecino, pero con calidad total de sonido.
6 horas después, estábamos reventados. Pakito y su padre más aún, ya que llevaban varios kilos de catálogos en la mochila. Saludamos a unos amigos suyos de China, y nos piramos. Una china nos dio varios caramelos, uno de ellos parecía de esparto con pimienta. Yo lo probé al día siguiente (pese a las advertencias de Paco), y maldije a su creador, que debe de ser primo hermano del que inventó el flash de all-i-pebre, el sorbete de esgarrat -que sí existe- y las natillas de mojo picón.
Fuimos hacia el hotel de los Franciscos. Un Hilton que pillaron tirao de precio (menos mal, que si no, debe de valer una leña el hotelito de marras). Su habitación era casi un chalet. Pakito se sentó en un sillón, yo me tumbé en una cama, y Paco en la otra. Como ya sucediera en el Metalway cuando fuimos al hotel de Víctor, la cama transmitía un aura de confort y sueño. Pese a mis esfuerzos por mantener los ojos abiertos, entre los ronquidos de Paco y ver a Pakito tumbado en el suelo sobando, tuve que rendirme y planchar oreja también.
Desperté unas dos horas después, antes que los otros. Aún tenía sueño, pero si me volvía a dormir hoy pasaría noche toledana (además de que no se descansa bien con siestas tan largas). El conserje hizo gestiones para averiguar dónde podíamos ver el Zárágózá-Valencia, pero no pudo ser. [Nota a posteriori: total, para ver el 3-0 a favor del equipo local...]
Fuimos a ver un par de centros comerciales curiosos. Uno no tenía escaleras, sino que iba todo en rampa. Subías al 5º piso con ascensor, y bajabas por los pasillos. Está bien pensado desde el punto de vista del marketing, ya que así pasas por delante de todas las tiendas necesariamente. Arriba tenía una terraza desde la que se veía toda Frankfurt. El otro centro comercial tenía la fachada acristalada. Los paneles continuaban formando una bóveda, y luego ésta bajaba hacia el centro del edificio a modo de columna enorme. Mú xulo.
Volvimos a cenar codillo con chugrut y salchichas en la Römerplatz. Sin ánimo de ofender, el codillo de ayer era mucho mejor, y aunque la camarera estaba muy buena, también estaba muy mal follada. El mundo ha conocido inquisidores más simpáticos que ella.
Nos tomamos un helado (otro) por la calle, lo cual es habitual en el Norte de Europa cuando hacen más de 5 ºC. Paco se volvió al hotel, y Pakito y yo seguimos por ahí. Había cola para entrar en todos los garitos, y la peña parecía muy pija. A lo lejos vimos una iglesia reconvertida en garito, con un montón de gente. Era una fiesta de la que daban publicidad en la Feria. Tenía muy buena pinta, pero un tipo dijo que ya no se dejaba entrar a nadie, el sitio estaba petao. Lástima. Resolvimos volver a la zona de ayer.
Por el camino vimos que el centro comercial de la bóveda acristalada estaba abierto. Entramos a ver. Aparte de chinos planchando en las tiendas de ropa, había un supermercado abierto, así que nos pillamos dos tercios para el camino. Acojonante. La peña pillaba la cerveza a cajones de a 12, mientras que en España está más que prohibido. Aunque echo de menos a la gente -sobre todo, a mi sobrino-, creo que 4 meses en Alemania me van a saber a poco.
Inciso importante: esta vez logré abrir las cervezas con un mechero, a la primera
Mis compañeros del FMF estarán orgullosos de mí.
Fuimos a un garito cercano al de ayer. En éste seguían, en la misma mesa, el ejecutivo y la tía con pinta de guarrona. En nuestro bar, tomamos un par de copas mientras hacíamos comentarios procaces sobre las camareras, unas asiáticas que había en otra mesa, y su posible participación en torneos de lucha de barro. Luego ya pasamos a temas más serios aunque no tan interesantes
Mientras tomábamos copas, recibí un SMS de Susana: Kike, JK y ella se vienen de visita esta semana
Nos despedimos, y cada uno tiró para su lado. En la zona de los rascacielos me entraron unas ganas muy pero que muy amargas de mear. Estuve tentado de hacerlo en la fachada del Banco Central Europeo, pero probablemente habría cámaras, seguratas, policía, ejército, alambradas, tanques, doberman, minas antipersona, helicópteros, torretas de francotiradores, SWATS, leones, y algún que otro F-17, así que opté por un arbusto del parque que había enfrente. Menos simbólico, pero más clásico y discreto, y el descanso para la vejiga es el mismo.
Para llegar al hotel tomé la calle equivocada: la de los putiferios. Había edificios enteros con luces de neón de colores chillones, esto era como las Vegas pero con señoritas de la vida, y daban mucho más miedo los puteros que las chicas. La verdad es que cuando estuve en Sankt Pauli, en el Reeperbahn y la Milla Pecaminosa, no me sentí tan incómodo como aquí. Crucé la calle lo más rápido que pude, pues daba bastante yuyu ver tanto harry suelto.
El domingo, poca cosa. Me levanté, hice la mochila y pillé el tren hacia Freiburg. Por una parte, todos los retretes del tren estaban embozados, así que el viaje fue un poco agónico. Por otra parte, un escalofrío recorrió mi cuerpo mientras dormía. Tuve una sensación de presión en el cuerpo, que en parte me recordaba a la noche de Ostara. Abrí los ojos: estábamos en Karlsruhe. Ya empezamos otra vez…
INCISO. Anoche cambiaban la hora. Großen putaden, porque dormí 6 horas en vez de 7.
Una vez en Freiburg, vi que había marathón. El tren ha llegado con retraso, son las 14:30. El Sankt Pauli va a empezar la 2ª parte. Estoy reventao, y el Walfisch está a tomar por culo. En casa no tengo nada consistente para comer. Podría ir al Kebab, pero si está cerrado sería una trama [Nota a posteriori: así era, los domingos no abre]. Llovía. Pero ya había plantado un pino en el WC de la estación, al módico precio de 80 cents (en la de Frankfurt son 70), sólo llevaba el peso de la mochila, y el vicio me llamaba. Así que me puse el mp3, abrí el paraguas y fui para allá.
Llegué a los últimos 10 minutos. Sankt Pauli 2 – Hansa Rostock 0: que se jodan, el año pasado los ultras (ubnormales) del Rostock, de extrema derecha, la liaron en el barrio hamburgués de extrema izquierda. El resultado, además de colocar al Sankt Pauli 2º tras el empate del Augsburg, deja al Rostock al borde del descenso
Luego vi el Freiburg contra no sé quién mientras comía. En mi mesa se sentó un abuelete que hablaba bastante español, y estuvimos un rato charlando, de intercambio de idiomas.
Llegué a casa sumamente reventao. Aguanté como pude hasta las 11, a base de carajillos, y ahí ya me fui a sobar.
ALEJANDRO IV DE BARBATE PEICH ’10