El mes de Enero fue transcurriendo. Unos días nevaba, otros subía la temperatura, llovía y se iba la nieve. Aquel martes, como todos los demás días entre semana, salí a fumarme un cigarrito después de comer. Como de costumbre, me acerqué a un grupito que hablaba, con todos los cuales me llevo de buen rollo. Hacía rasca, así que me puse el abrigo y el gorro.
El Dr. U es dado a contar chistes y hacer bromas, tan serio que parecía durante mi entrevista de trabajo… Con el tiempo empiezo a pillar algunas, y he llegado a participar activamente en alguna conversación, sin esperar a que me pregunten. En los últimos meses tengo la impresión de que he aprendido poco alemán, pero lo que aprendo lo incorporo a mi vocabulario y lo uso. Si le metiera algo de caña en casa, antes del verano me sacaría el B2 de alemán
Cómo íbamos diciendo, aquel día la conversación fue interesante. Hablando de gatos, les contaba que el de mi vecino se ha colado alguna vez en casa, y como no me conoce, me tiene miedo. Pero para bajar a su casa tenía que pasar por delante mío, así que me tocó bajar las escaleras para dejarle vía libre. Todos se rieron.
Poco a poco fueron llegando los que faltaban: Florian, Peter -informático-, Yuri… que suelen ir a comer a la fábrica (la comida es peor, pero la sirven en plato, no en bandeja de aluminio desechable). Se fueron retirando. Mi puesto estaba en la otra parte del edificio, así que fui por la entrada principal. Miré la hora por curiosidad: las 12:45. ¡¡Joder, cómo se caga la peña!! En fin, si estábamos todos junto, no creo que haya problemas. Menos aún si había jefazos delante.
En nuestra empresa no es obligatorio llevar corbata. Sin embargo, por corbata se me pusieron los huevos cuando vi a Herrn R en recepción, hablando con Silke y fotocopiando cosas. El gorro y el abrigo delataban que no venía del laboratorio de EMV ni del taller. Mal rollo.
Cuando ya estaba atravesando la puerta de la cocina (sí, en Alemania las empresas suelen tener cocina), que está entre recepción y mi sala, me llamó Herr R. No sería para explicarme las tareas de la próxima semana, precisamente.
“Le recuerdo que su pausa para comer dura exactamente 30 minutos”. Me lo dijo en inglés, no sé si para asegurarse de que lo entendía, o para que no lo entendiera Silke (FAIL, pues ella sí habla algo de inglés). Miré el reloj, para disimular, y puse cara de asombro cuando vi la hora. Por si acaso. “Uff, lo siento… estaba hablando con otras personas y se me ha pasado la hora”. Se lo dije en alemán, pero él volvió al inglés.
“Me da igual lo que hagan los demás. Su pausa son 30 minutos. Punto”. Su tono de voz no indicaba cabreo, ya que le he oído gritar cabreado y cambia bastante. Pero sí indicaba que no aceptaba excusas de ningún tipo. “Entendido”, le dije, y volví a mi puesto.
El resto del día estuve muy nervioso, incluso al día siguiente: tuve prácticas de soldadura para terminar de mejorar mi técnica; pensé que serían 2 horas, pero acabó siendo casi todo el día. Por suerte Mark, el encargado del taller, es colega y encima me vio todo el día. Al menos tenía coartada
En cualquier caso, no me ha hecho ninguna gracia que mi jefe me eche un puro llevando aquí tan poco tiempo. Menos aún porque luego llegué tarde a una reunión. Esta vez la culpa no fue mía, sino del puto Windows 7, que me escondía las notificaciones de correo porque ya tenía demasiados iconos [inútiles] en la bandeja del sistema, y que me costó un huevo eliminar.
Por cierto, tras tocar mil historias de configuración de Windows 7 y del Outlook, he conseguido que las notificaciones de correo sean visibles. Ahora sólo falta que los recordatorios del calendario (reuniones, etc.) sean visibles aunque no esté todo minimizado.
Lo que me jode de todo esto es que el puro por la pausa de la comida me lo llevé por culpa de algunos jefes, que tienen manga ancha para tocarse los cojones, en vez de dar ejemplo y retirarse antes para que los subordinados lo hagamos, aunque luego se vuelvan a tocar los cojones en el despacho. Siempre ha habido clases…
No obstante, en este día he aprendido algo muy útil de cara al futuro: no te metas en marrones si los que te acompañan no se exponen a tu castigo. En los sucesivos días, cuando acabe de comer, me iré a fumar a donde nos juntamos la plebe
A la semana siguiente, Herr R se juntó al grupo que se queda de charreta. Yo estaba allí porque salió un leve rayo de sol que también quería aprovechar, y porque vino la furgoneta de la carnicería y quería pillar algo para el finde (Nota: eso de que venga una furgoneta de la carnicería o la panadería, tengo entendido que es costumbre de la antigua Alemania del Este; suelen venir 1 ó 2 veces por semana).
Miré la hora. Las 12:27. Tenía el tiempo justo para lavarme los piños y volver al tajo. Mientras entraba en el edificio, miré por el rabillo del ojo: Herr R se retiró, y en menos de un minuto habían escampado los demás. TOOOMAAA!!! A ver si se creían que este puro me lo iba a fumar a caraperro
[NOTA A POSTERIORI. Parece que Herr R no es el jefazo máximo de este edificio, pero igual sí que es el que mejor se lleva con Herrn K, el presidente, así que más vale tenerlo a buenas...]
Por lo que a mí respecta, en lo sucesivo no debo cometer un solo fallo. Aún estoy en periodo de pruebas -lo estándar en Alemania son seis meses-, y hay que limpiar la mancha de esta semana. En cualquier caso, prefiero que el jefe me haya echado el puro ahora, y no cuando tome por costumbres las libertades de los jefes u otras conductas inadecuadas para mi posición jerárquica. En cierta empresa en la que trabajé hace 6 años, los jefes se callaban las cosas. Y un día explotaron, le echaron en cara a un compañero cosas del pasado, sin venir a cuento, y lo despidieron.
En aquella ocasión aprendí que los problemas deben resolverse en el acto, sin dejar que se acumulen, o acaban mezclándose y provocando consecuencias terribles e innecesarias. Eso no venía en los libros de Industriales.
BARVADER ’12