Amaneció el sábado. Me quedaban un huevo de cosas que ver, así que me tracé una ruta corta que me permitiera optimizar el tiempo.
Primero fui en dirección Norte, alejándome del centro, ya que había unas pocas cosas que ver fuera del itinerario principal. Pasé por delante del Goethe Institut (ahora ya sé dónde está, por si me toca examinarme aquí), la iglesia de San Martín (estaba chula; lástima que no se use precisamente como sala de conciertos jevis), el museo histórico militar, y la iglesia de Sankt Pauli, en ruinas desde la II Guerra Mundial.
Frente a la iglesia estaba el bar St. Pauli (aunque el menú no me convencía, todo llevaba 1 kg de espárragos, que no me hacen mucho) y la Apotheke St. Pauli. Hasta había un puente para el tranvía. Por un momento pensé que estaba en Hamburgo en vez de Dresden, sólo me faltaban el estadio de Millerntor y las putas.
Había localizado algunos restaurantes “abiertos de 11 a 23 h”. Fui en busca de uno para comer. Abierto de 11 a 23 h… Y UNA MIIIIIEEEEEEEEERRDAAAAAA.
Por cierto, paseando hoy he visto una tienda con cosas para casa: sartenes, jofainas, artilugios de cocina varios… Aún me faltan cosas en casa, que no sé dónde cojones encontrarlos a menos de 40 km de Mellenbach. Tiendas como ésa las hay en todas las ciudades, en todos sus barrios. Más adelante he visto un dojo de Aikido (lo mío es más el Ju Jitsu, pero bueno…) Cada vez tengo más ganas de huir de Mellenbach y vivir en una ciudad grande.
Bajé de nuevo hacia el Elba. Por el camino me pillé un bocata. Había una estatua pequeñita con libros y el busto de un hombre encima. Se trataba de Erich Kästner, escritor alemán. Hasta que no leí la inscripción y le hice una foto, esa estatua había pasado desapercibida para todos, turistas y foráneos.
Junto al Elba vi el Palacio Japonés. Yo me esperaba que fuera una pagoda o algo así; más bien era un palacio barroco con exposiciones de arte japonés en el interior. Crucé el río y llegué al Yenidze, una antigua fábrica de tabaco con forma de mezquita, que actualmente hace de atacción turística, con un restaurante en la torre con vistas panorámicas de toda la ciudad.
Paralelo al Elba, pasé por el centro de congresos, el Landsrat (parlamento del estado federado) de Sajonia y la Semperoper, ópera diseñada por el arquitecto Gottfried Semper en el Siglo XVIII.
Llegué de nuevo al Ständehaus. Subí por unas escaleras en dirección a la Academia de Nuevos Artistas, o algo así. Entonces se puso a nevar a saco. Pero una nevada como nunca antes había visto. No es que haya visto nevar muchas veces, pero en ésta los copos eran enormes, y no se veía nada más allá de 100 m. Justo ahora que quería cerrar el viaje con un crucero por el Elba
Bajé a refugiarme a un puente, y de allí no me moví en media hora. Luego salió el sol y como si nada.
Caminé un poco por el centro, hacia el Neumarkt (“nuevo mercado”), donde hay un mural didáctico que explica la geografía, historia y economía de Dresden. Enfrente estaba el „Verkehrsmuseum“. Me acerqué a ver de qué iba, y resultó ser un museo de transportes. En alemán, „Verkehr“ = tráfico o transporte, pero también puede significar “relaciones sexuales” XD
Como ya no quedaban barcos cuando había dejado de nevar, decidí dar un paseo por el jardín adyacente al Elba. En un momento dado fui a tirar una colilla a una papelera (costumbrrros alemanes). Vi una pegatina en ella, que negaba el holocausto. Putos nazis. ¿Por qué no les hacen una visita turística por Auschwitz, y de paso que “prueben” sus instalaciones? La arranqué. Eso me hizo sentir mejor
Volví hacia el centro. Nevó de nuevo, pero menos rato. Aunque hizo bastante frío todo el finde, nunca llegué a saber la temperatura, pero no parecía tanto frío como para que nevara. O eso, o me he hecho al frío de aquí. En fin…
Esta vez logré una mesa en el italiano. Me pillé una pizza. Era enorme, tendría unos 40 cm de diámetro. Ahora ya puedo decir que “me he comido una de 40″. Espero que cuando salga no tenga también 40 cm… de diámetro :’-(
Al igual que ayer, pasé por el albergue a descansar un poco antes de ir al Heavy Duty. Esta vez reparé en un pequeñísimo detalle del garito que hasta ahora no había visto. Que en un bar haya “muchos” martillos de Thor, no me parece extraño. Ni siquiera en Alemania, donde los grupos neonazis lo han tomado como símbolo, al ser ilegal exhibir esvásticas. Ver a las camareras con runas vikingas tatuadas tampoco me resulta extraño (si bien también se asocian a los nazis; las SS tenían las runas correspondientes a la S como emblema). Que haya una pintada en el WC que diga “Muerte a los judíos”… bueno, en todas partes hay gilipollas.
Pero entonces vi, en un corcho tras la barra con entradas de conciertos, un pin con el escudo del Hansa Rostock, equipo con la mayor hinchada neonazi de Alemania. Eso ya no me hizo ni puta gracia. Tal vez me estaba emparanoiando de tanta coincidencia… Al fin y al cabo, también había bastantes carteles de conciertos de Rammstein -banda abiertamente antifascista- y el dueño del bar es fanático de Motörhead, de cuyo guitarrista se dice que estranguló a un pelado con la cuerda nº 1 de su guitarra.
En fin… me tranquilicé, me tomé la última, y me piré. Por suerte, no había sacado mi colgante del St. Pauli (archienemigo del Hansa Rostock).
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El domingo… me levanté, eché algunas fotos de camino a la estación, y me piré.
Me pasé el viaje escribiendo este diario y reflexionando. Este finde he visto todo lo que echo de menos en el pueblo: bares jevis, gente por la calle, tiendas, gimnasios, chicas… Que haya chicas no significa que vaya a conocer a alguna, pero si no las hay, seguro que no. Por otra parte, me ha faltado algo: conocer gente, hacer amigos. Evidentemente, es más fácil si uno visita regularmente un sitio, que si va de pasada.
El caso es que… hoy hay fiesta en el pueblo. En verano habrá más. De ello dependerá si me mudo o no, pero de momento, ganas hay.
BARVADER ’12