IIF – 80. Regreso al Fedora

17/05/2017

Un día hacia finales de febrero decidí actualizar todo el software de Linux. Por aquel entonces utilizaba una distro llamada Mint, basada en Debian (existe otra variante basada en Ubuntu, que a su vez deriva de Debian, pero con otra filosofía). Vi que había salido una nueva versión, y me animé a probarla. Esto es, actualizar el sistema entero a la versión estable más reciente.

Para los usuarios de Windows y gente no tan friki: es como si tuvieras un Windows 98, y te dieran a elegir entre actualizar a Windows 98 Segunda Edición o Windows XP, pero con dos grandes diferencias. Por una parte, la interfaz gráfica (el aspecto visual de las ventanas) puede variar mucho o no, dependiendo de los caprichos del que las diseña. Por otra, el esqueleto del sistema va a ser el mismo; al menos, lo que el usuario normal ve (en Windows, la carpeta Mis Documentos se mueve más que el precio de la luz en España).

También es cierto que, dependiendo de la distro de Linux que uno use, pueden cambiar muchas cosas. Incluso puede que cosas que antes funcionaban, requieran ajustes extra. Hoy en día no, pero hace algunos años, con las actualizaciones podía dejar de funcionar la Wi-Fi, o volver a funcionar, y era una lotería. Aparte de que entonces era una odisea conseguir que te funcionara la red inalámbrica en Linux, según qué hardware tuvieras.

Por cierto, eso de distro (“distribución”), es como una “variante” de Linux. Una distro consta del núcleo del sistema, un gestor de ventanas -hay varios disponibles, con diferentes aspectos y funcionalidades-, y un conjunto de aplicaciones útiles para la mayoría de usuarios: ofimática, navegador web (habitualmente, Firefox), herramientas para gestionar y mantener el sistema, reproductores multimedia… luego, uno puede añadir programas más específicos para ingeniería, ciencia, composición de música, programación… las posibilidades son inmensas.

A la hora de actualizar, uno puede formatear la partición del sistema y respetar el home (“Mis Documentos”), o actualizar a pelo todo el software. La primera opción me daba algo de pereza, ya que tendría que reinstalar muchos programas extra que utilizo. Pues bien… actualicé, y salieron los defectos de Debian a relucir: a veces la actualización sale mal y se jode algo, por lo general, el sistema que gestiona las ventanas. De vuelta a los tiempos de MS-DOS.

Lo primero que pensé fue en reparar el sistema, en vez de deshacer el cambio y quedarme como estaba. Tal vez habría sido la solución. El caso es que después de reinstalar todos loscomponentes que habían podido joderse, e intentar deshacer la actualización, seguían sin funcionar las ventanas. Por lo visto, había algún problema de incompatibilidad entre los cientos de paquetes de software que tenía instalados.

A diferencia de Windows, cuando uno instala Linux no sólo tiene el núcleo del sistema, sino algo completamente funcional. Con unas pocas aplicaciones más, el ordenador está listo para lo que sea, incluso desarrollar nuevo software. Ahora bien, algunas comunidades de desarrolladores de Linux tienen la manía de establecer dependencias innecesarias y absurdas entre aplicaciones y paquetes de software, “si quieres instalarte el comecocos, también necesitas el alfabeto cirílico, el Bluetooth, y el Autocad”. Y al actualizarlos todos de golpe, se ha escojonciado el sistema.

Cuando me pillé este portátil, hace unos 3 años y medio, le instalé la Linux Mint para probarla. Durante este tiempo ha funcionado bastante bien, quitando algunos problemillas con el audio, y el tema de las ventanas de ahora, así que nunca había tenido que cambiarla. Visto lo visto, decidí formatear y reinstalar el sistema con la misma versión que tenía. Aunque luego lo actualizara, para bajarme el CD de la última versión necesitaba un sistema medianamente funcional.

Mientras buscaba el CD de la Mint, me encontré con otro de Fedora. La verdad es que Fedora es la distribución de Linux que menos problemas me ha dado. En los cerca de 12 años que llevo usando Linux a diario, tras haberme instalado una decena de distros diferentes, Fedora es la que mejor me ha funcionado. Creo que todos los PC’s que he tenido han acabado teniendo la Fedora tarde o temprano. Como mucho puede que la cambiara una sola vez por otra distribución de Linux, por alguna incompatibilidad de hardware que hoy en día ya estará más que resuelta. Así que… decidí volver a lo conocido.

Se instaló muy deprisa. Tras unas actualizaciones, e instalar unos cuantos programas que no vienen por defecto, ya sólo quedaba una cosa por hacer: copiarme los archivos personales a la carpeta del nuevo usuario. Tal vez habría podido utilizar el mismo usuario que tenía antes, y ya lo tendría todo listo, pero no estaba muy seguro y en vez de googlear -lo que me habría ahorrado algo de tiempo-, preferí crearme un nuevo usuario y luego copiarlo todo.

Para trasladar los archivos de una carpeta a otra, utilizaría mi administrador de archivos favorito, el Krusader. Es lo que algunos llaman un administrador de archivos ortodoxo. A diferencia del Explorador de Windows y similares, los ortodoxos tienen la ventana dividida en dos paneles, en cada uno de los cuales puedes navegar por carpetas diferentes. No se ven los iconos de los ficheros, sino su nombre (en mi caso, me interesa más, ya que suelo tener los ficheros medianamente ordenados por temas). Entonces, con la barra espaciadora marcas los ficheros que te interesan, con F5 los copias de su carpeta a la que sale en el otro panel. Con F6 los mueves, y con F8 los borras (“la tecla de porculizar”, que diría mi profesor de Electrónica Analógica).

El problema es que F6 (mover de una carpeta a otra) está demasiado cerca de F8 (porculizar). Pulsé la tecla sin mirar, y borré sin querer la carpeta más importante de todas: aquella donde guardo los documentos de mi contabilidad, el calendario de conciertos, los textos de mis Memorias que he pasado de papel a ordenador, recetas de cocina, documentos digitalizados (DNI, carnet de conducir, padrón…) Esto es, mi carpeta personal. Podía haber configurado el programa para que, en vez de borrar “del todo”, mandara las cosas a la papelera de reciclaje. Pero yo tecleo bastante rápido, y antes de que salga la ventanita de “¿Seguro que quieres borrar?”, ya le he dado al atajo de teclado de “Sí”.

Lo que había en esa carpeta no era irrecuperable: tendría alguna copia de seguridad. Y la mayoría de los ficheros eran cosas que puedo obtener de la web de mis proveedores de teléfono e internet, de mi correo electrónico, de mi blog… Incluso muchas cosas podrían reconstruirse a partir de los originales en papel: escanear documentos, reescribir algunos capítulos de mis Memorias, o rehacer la contabilidad de los gastos del coche y los viajes.

Entonces me di cuenta de que aquellos ficheros no sólo eran la información que contenían. Eran mi hasta ahora mayor esfuerzo por organizar mis cosas. Esfuerzo en el que había invertido el único bien irrecuperable: el tiempo. Y lo acababa de eliminar en un momento, por pulsar una tecla sin mirar.

Aquello me hundió.

Pero tras 10 minutos llamándome burro a mí mismo, reaccioné. Lo hecho, hecho está. Pero no está todo perdido. Si mis conocimientos básicos sobre sistemas operativos no se perdieron en la última borrachera que pillé, aún se pueden salvar cosas.

Imaginemos que un disco duro es como un libro acojonantemente grande, con millones de páginas. Unas están en blanco, y en otras hay capítulos de una historia. Sin embargo, no tienen por qué escribirse en páginas consecutivas, ya que en cualquier momento podrías querer ampliar alguno de ellos, y llegar a un bloque de páginas que ya tienen algo. Cuando empiezas un capítulo, empiezas en una página nueva. Y si la siguiente página está ocupada por otro capítulo, pues pones una nota a pie de página que diga dónde continua, y arreglado. Pues bien, esos capítulos son los ficheros del disco duro.

El famoso defragmentador de Windows que algunos recordaréis, lo que hacía era “reordenar” esas páginas para que las cosas no estuvieran desparramadas. Así se evitaban páginas en blanco dispersas, que no pueden aprovecharse, o que tantas anotaciones de “sigue en la página 12.323.536.528” se comieran tontamente espacio útil.

Por otra parte, las “páginas” del disco duro no tienen el nombre del capítulo. Para saber dónde están los capítulos, y qué páginas están disponibles para futuros capítulos, el disco duro tiene un índice, igual que un libro. Y ahora viene lo más interesante: cuando borras un fichero del disco duro, no estás arrancando la “página”, ni estás borrándola con una goma de borrar para volver a dejarla en blanco. El sistema operativo simplemente se va al índice, y borra la entrada de “Capítulo tal, página cual”, con lo que el disco no puede acceder a él, porque ya no sabe dónde está, pero el texto sigue ahí. La solución es leerse el “libro” entero y, donde parece que hay restos de algún texto, copiarlo en otro sitio. Luego ya intentaremos recomponer los capítulos desperdigados en varios trozos.

Peeeerooo… cuando el disco duro borra el “nombre del capítulo” que va en esa “página”, cree que esa página está disponible para escribir otras cosas (aunque el texto efectivamente siga donde estaba). Al fin y al cabo, si hubiera ahí algo importante, lo tendría anotado en el índice. Esto significa que el disco duro podría escribir ahí encima de lo que había antes, como cuando borrábamos sin querer algo grabado en una cinta VHS, en los gloriosos años 80.

Así que tenía que actuar rápido, y procurar no cambiar ningún fichero más. Aunque podía llevarlo a una empresa de recuperación de datos por unos módicos 600 €, prefería arreglarlo yo mismo, y gastarme esa pasta en una juerga épica, de esas que hasta salen en “sucesos”. No sé qué conseguiría, pero por lo menos aprendería un huevo.

Y así fue.

Además de aprender un huevo sobre cómo Linux organiza las cosas en el disco duro, probé varios programas de recuperación de datos, y me hice una réplica del disco duro para probar más programas en el futuro. Tras tres semanas haciendo pirulas, comenzaron a aparecer ficheros. No tenían el nombre original (ya que es parte de la información que se elimina al “borrar” el fichero), pero podía rescatar casi toda la información.

Y lloré de la alegría… y de la rabia de que siempre me vinieran estas preocupaciones por culpa de algo tan simple como darle a la tecla equivocada. Lo siguiente que hice fue cambiar la configuración del programa, para evitar que la tecla F8 borrara ficheros 😄

Pero esta batallita que he contado tuvo otras secuelas. Aparte de que no he recuperado todo lo perdido, tuve que estar casi un mes sin usar el disco duro afectado, ya que tenía que desconectarlo para poder rastrear los unos y ceros en busca de fragmentos de mis archivos. Esto es, estuve casi un mes sin publicar Memorias, ni hacer nada con el portátil. Tengo otro PC auxiliar, pero es mucho menos potente, y la prioridad era que cooperara en el rescate de los ficheros.

Al final de todo esto… aprendí a ser más cuidadoso, a hacerme más copias de seguridad… y a procurar comerme menos la cabeza por algo que tiene solución. Ah, y durante estas semanas que estuve ocupado con el disco duro, también hubo un finde un concierto interesante: Hacke + One Eyed Jack. Hacke era bastante curioso, de Leipzig; no tienen bajo, y el batería es un crack. Como nota curiosa, vamos.

BARVADER ‘16