IIF – 72. Trepidancia

19/02/2017

“Preparáos, porque el ritmo de la asignatura va a ser trepidante”. Con esta declaración de intenciones inauguraba el semestre Juanjo Pérez, nuestro profesor de Electrónica Digital, a principios de febrero de 2001. No nos mintió.

Martes, 15 de diciembre de 2015. Los últimos cuatro días habían sido trepidantes, empezando con el tema del voto por correo para las elecciones. Pero por fin había resuelto todas las cosas críticas antes de irme de vacaciones: había votado, había escrito todos los drivers del microprocesador del curro, tenía la casa limpia y la maleta prerarada. Ya no habría estrés durante el resto de la semana, cosa que aprovecharía para tocar la guitarra en mi tiempo libre 🙂

Además, ahora me estoy aprendiendo una canción nueva, Phantom of the Opera, de Iron Maiden \m/ Eso sí, despacito, que la canción es demasiado rápida para un principiante.

Normalmente, cada vez que tengo vacaciones sale alguna historia urgente a última hora. Pues bien, el miércoles, tras el almuerzo, me vi un correo del responsable de los equipos de producción: un aparatito que diseñé yo había petado. “Había un diodo de 5,6 voltios. ¿Eso no es mucho?” LoL

Revisé el circuito; lo había diseñado hacía casi dos años, para automatizar el ajuste final de las fuentes de alimentación que fabricamos. En el esquema del circuito pone 5,1 V, que es lo correcto. Si alguien puso 5,6, era cuestión de tiempo que petara. Aparte, le sugerí que cambiaran ciertas resistencias, con las que el aparato funcionaría igual pero se calentaría menos. Eran las que había sugerido yo al principio pero como se usan poco, cuando fueron a construir mis aparatos no tenían, así que pusieron otras.

Cuando vi que mi diseño era correcto, me alegré, pues un par de compañeros ya tenían las piedras listas para lanzármelas por mi torpeza. Por suerte no fue el caso. Lástima que no me hayan hecho diseñar más que dos circuitos en estos cuatro años, porque ahora controlaría tanto de hard- como de software.

Luego me trajeron el circuito a la oficina para que programara el nuevo microprocesador, ya que el anterior había pasado a mejor vida. Juraría que cuando hice el cacharrito, les pasé el código del programa y las instrucciones para hacerlo ellos mismos. En fin… apenas eran 5 minutos de mi trabajo, de los que cuatro y medio fueron para recordar cómo se programaba aquella placa concreta, hacía mucho tiempo de la última vez que trabajé con ella 😛

Viernes. A los 10 minutos de levantarme, empezó a dolerme el estómago. Ya llevo más de un año así, y sigo sin saber bien qué, de todo lo que me rodea, me produce esta mierda.

A mitad mañana, un compañero descubrió un error en un programa que había hecho recientemente. El proyecto en cuestión era muy similar a mi proyecto final de carrera, que hice unos 12 años atrás. Sólo que esta vez era el doble de gordo, lo hice en la tercera parte del tiempo, con más experiencia como programador a mis espaldas… y con un odio irracional hacia el lenguaje de programación que había tenido que usar.

Tras un par de horas, descubrí que el error no había sido mío -al fin y a cabo, no pude probarlo en todas las condiciones posibles-, sino de un fabricante que nos daba trozos de programa ya hechos, pero hechos con el culo. Estas cosas no pasan cuando uno sigue buenos hábitos de programación, y utiliza lenguajes de programación “decentes”. Pero bueno… tras modificar a mano 27 ficheros, aquel error ya no volvería a producirse.

Pero otro compañero había encontrado otro error, mucho más absurdo. Cuando conectaba ciertos aparatos al ordenador, el programa se colgaba. O no, pues siguiendo escrupulosamente la misma secuencia de encender PC, aparato, abrir programa, etc., en unos casos daba error y en otros, no. Tras varias horas de investigación, deduje que el error podría estar en una parte del programa que yo no puedo modificar, ya que está protegida con contraseña.

Tal vez pudiera hacerse algún apaño… pero si alguien sabe hacerlo, que lo haga él. Porque yo no entiendo cómo funciona el entorno de programación que me vi obligado a utilizar, ni lo entenderé jamás, ni quiero. Que a mí esta mierda me está agudizando el dolor de estómago…

Mira por dónde, ya empiezo a deducir cosas…

NOTA A POSTERIORI. En el momento de escribir estas líneas en ordenador, creo que ya sé de dónde salían (y siguen saliendo) los dolores de estómago.

Sobre las 13 h empecé a ordenar mi puesto, limpié la mesa, y dejé los dos o tres puntos abiertos para el año que viene. Algunos aún curraban hasta el martes, pero yo, no. A las 14 h, como todos los viernes, salimos del curro los que compartimos coche desde Ilmenau.

Llegué a casa sobre las 14:45. Si echaba los higadillos, aún podía pillar el tren de las 15:22 h… Pero decidí no hacerlo: me daba igual llegar a las 20 ó las 22 h a Munich. Siempre que fuera a una hora decente, no habría problema. Me preparé con calma el bocata, me tomé un cafelito, toqué un par de canciones, y salí con tranquilidad a pillar el siguiente tren.

Había bastante cola para sacarse el billete en la estación, así que lo hice en la máquina que hay en el tren. Ahora bien, la máquina del tren sólo cubre los trayectos dentro de Turingia, así que em Erfurt tendría que sacar el billete para el resto del viaje.

Una vez en Erfurt, y mientras iba hacia el Fahrkartenautomat (máquina automática para sacar billetes), me fijé en el cartel que anunciaba los próximos trenes: el que iba hacia Fulda ya llevaba 10 minutos de retraso. La otra opción era ir hacia Würzburg. En ambos casos, tenía que hacer un transbordo más para llegar a Munich. La diferencia radica en que Fulda se halla a tomar por culo de Munich y más allá. Nadie me garantizaba que con el tren de Würzburg -que también llevaba retraso- no fuera a perder el enlace a Munich. Pero en caso de quedarme tirado esperando una hora, prefiero que sea más cerca de mi destino. Como diría mi padre: fang o merda.

Cuando partimos de Erfurt, vi que el tren que pasaba por Fulda había recuperado tiempo, y reducido su retraso en 5 minutos. Y en apenas un momento, nosotros acumulamos 9 minutos. Porca miseria!

Sin embargo, cuando parábamos no nos decían nada sobre retrasos, así que miré directamente en la web de la Deutsche Bahn, que hace seguimiento de los trenes en tiempo real. Según la web, el tren había recuperado el retraso, y llegaría puntual a Würzburg. Aunque no deberían hablar de lo que ocurrirá en una hora, al menos viendo mi experiencia con los ferrocarriles alemanes.

Pero por suerte pude pillar el enlace a Munich. Aproveché para sacar de la mochila el Almussafes, que aparte de ser el pueblo de Valencia donde está la factoría de Ford, es un bocadillo de sobrasada con queso y cebolla frita. La sobrasada la conseguí por un compañero de curro: un colega suyo se la había traído a su paso por España, pero no le había gustado, así que me la dio. A mí me encanta, y además, a principios de año perdí bastante barriga como para permitírmela 😛

Con todo esto, llegamos a Munich a las 22:08. Cojonudo!!! El tipo que hablaba por la megafonía de la estación debe de ser de la región de Franconia (Fränken, cerca de Nuremberg), pues sabe enrrrollarr las errres, cosa que grrran parrrte de los alemanes no puede hacerrrr.

Juan llegó a la estación unos minutos después, venía de visitar un mercadillo navideño. Fuimos hacia su casa. Tomamos una cervecita mientras charlábamos tranquilamente, y ya nos retiramos… que yo tenía que levantarme a las 7:30, pero él, 2 horas antes :-S

Por cierto, Juan me comentó que se cambiaba de curro. Me dijo una cosa bastante interesante: si cambias de curro en Alemania, no pueden pedirte la carta de recomendación de tu actual empresa, sólo la de las anteriores. Lo cual es cojonudo, ya que ni yo ni muchos nos me atreveríamos a pedir la carta en la propia empresa: si saben que te vas y la jugada te sale mal, pueden putearte mucho.

* * *

Juan me había pedido el móvil para usarlo de despertador, ya que el suyo suena muy bajito: más que un tono de alarma, suenan nanas. Pero con el mío no tendría problema, Sepultura le despertaría a todo volumen 😄

En mi caso, Carsten -el compañero de piso de Juan- me avisó a las 7:30, ya que él se iba a esa hora con un colega a esquiar a Austria, bastante cerquita. En realidad, yo me había despertado 5 minutos antes para ir al lavabo. Con esta vejiga, uno no necesita despertador 😄

Carsten me recomendó pillar el metro a dos calles del piso, en dirección a Feldmoching, y allí pillar otro hacia el aeropuerto, ya que sería mucho más rápido que ir primero a la estación central. Así que eso hice.

En el andén de Feldmoching había un cartel por el que iba un pasando texto con lentitud exasperante. En alemán hay verbos que se separan en dos piezas, y la “pieza” más importante suele ir al final. Como el verbo no tiene significado completo sin ella, cuando hablas, tienes que acordarte de la segunda pieza cuando acabas la frase.

Pues bien, este cartel es justo al contrario: cuando llegas al final de la frase, tienes que acordarte del verbo que iba al principio, para saber qué te están contando. Si me descuido, se me pasa el tren y yo aún no habría sabido si es el mio o no, porque no había salido el texto en el panel 😄
Un par de paradas después subió una pareja de revisores. En Alemania suelen ir de paisano, para que nadie los vea y se baje corriendo del metro. La verdad es que he visto revisores pocas veces, puede que sólo una vez más, pero siempre trincan a alguien.

Una de las paradas por las que pasamos me recordaba vagamente a Freising -ciudad que no veré hoy, ya que el metro se desvía poco antes. Y esto, a su vez, a un seminario al que fui allí con un compañero de curro, hace poco más de un año, y a un par de juergas que nos pegamos con colegas suyos.

Llegué al aeropuerto. Había una cola infernal para facturar la maleta. Juan ya me había advertido por mensaje de que, cuando llegó él, había bastante pitote. Detrás de mí oí a una malagueña hablar con sus dos hijas, sin parar de quejarse por la cola. Me figuré que sería inútil cualquier intento de relajar la tensión, dado el carácter que se gastaba, así que no abrí la boca ni hice ver que entendía su idioma. Por mi parte, yo estaba bastante tranquilo. Espero que esta vez la paz interior dure bastante…

Tras facturar la maleta, y viendo que tenía más de una hora por delante, y que la cola del control de seguridad iba bastante rápida (el cuello de botella estaba en facturación), decidí pegarme un homenaje en forma de desayuno bávaro (salchichas blancas + mostaza dulce + Brezel + cerveza de trigo) 😀

Pasé el arco de seguridad. Mientras recogía mis objetos Metálicos, un tipo que había delante de mí me dijo: “English?” Le dije que hablaba español, inglés y alemán, así que nos quedamos con este último. Del valenciano no dije nada, ya que me parecía poco probable que el individuo fuera de Albuixech. Y el árabe lo omití… y tal vez hice bien, ya que se trataba de un control de explosivos: si le hubiera dicho al tipo que lo hablo, podría haberse creído que fue por mera curiosidad lingüística, o podría haber pensado mal -para algo era policía- y haber procedido al examen de orificios corporales.

Qué queréis que os diga… no me hace gracia que controlen a gente “normal” por culpa de la política exterior de otros países, o por cuatro descerebrados con barbas piojosas que creen poseer la verdad absoluta, y por ello odian al resto del mundo. Pero así están las cosas. Si estos controles pueden suponer la diferencia entre que todo vaya bien, o que el avión explote a mitad camino, pues adelante.

Mientras el tipo comprobaba el contenido de mi mochila e incluso hojeaba un libro que llevaba, le dije: “Por mí no tenga miedo: bebo cerveza, como cerdo, no creo en ningún dios, y escucho Heavy Metal” 😄

Por otra parte, otro tipo me pasó una tirita por las manos y la ropa, incluyendo la huevera. Supongo que la tirita tendría algún reactivo para detectar explosivos. Sea lo que fuere, anoche no estuve con mujeres malas, y no creo que a estas alturas me queden restos de THC en la ropa, del último canuto que probé.

En cuanto terminaron conmigo, me giré para ir hacia la puerta de embarque. Me vi un policía enorme, con cara de pocos amigos, chaleco antibalas y una ametralladora. LoL. Espero que no haya ningún motivo especial para temer hoy…

Llegué a la puerta de embarque. A 30 metros había una cabina de fumadores. En aquel preciso instante empezaron a embarcar. “Barbas, que tú no sabes controlar el tiempo…”

Pero entonces cambié el chip: “Barbas… soy ingeniero. Pensando como tal, ahí hay claramente más de 40 personas. A 5 segundos cada una, son más de 3 minutos. Fumarme el cigarro son dos. Hay tiempo, y esta vez con argumentos sólidos que, si me entretengo mucho en explicar, se me comerán el tiempo”.

Y lo logré. Sin prisas ni pánico. Simplemente mirando la cola de vez en cuando, por si había que echar a correr de repente, sin dormirse en los laureles. Lo único en lo que me entretuve un segundo fue en la publicidad de cierta marca de tabaco que había en la cabina: “Cada camello tiene su historia” 😄

Volví a la cola; aún quedaban 10 personas delante de mí. Como dirían los Running Wild (banda heavy de temática pirata): Ready for boarding!

Aterrizamos en Mallorca. Hacía bastante calor. En menos de una hora embarcamos para Valencia, espero que no haya viento de poniente, que es Navidad!!! :-S

En el asiento de delante había una rubia que era tan guapa como estúpida. Al aterrizar en Valencia, abrió el compartimento de los equipajes, y cayó un portátil al suelo. Su propietario -que iba a mi lado- se cabreó, obviamente, y le recriminó a la chica que no hubiera abierto el portaequipajes con cuidado. “Espero que no se haya roto”, dijo el hombre.

“Bueno, a mí me da igual, porque no es mío”. ¡Será gilipollas la tía! Se le tenía que haber caído encima, a ver si le seguía dando igual. Así se confunda la vaselina con superglue cuando vaya a untarse el ojete.

En fin… el portátil tampoco era mío, así que empiezan las vacaciones de Navidad de 2015 🙂

BARVADER ‘16